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En la ingeniería civil, el margen para la improvisación es cero. Y es cero por una razón muy simple: si el edificio cede, muere gente.

Ahora… pensemos en la estructura invisible que sostiene tu vida: la Cultura.

Y no me refiero a la ópera o a los museos. Hablo del “Sistema Operativo” de la sociedad. Hablo de las normas tácitas que dictan cómo elegimos pareja, cómo criamos a nuestros hijos, qué consideramos bueno o malo, cómo gestionamos nuestra carrera o cómo decidimos qué demonios significa tener una “buena vida”.

La Cultura es la estructura más compleja que existe, aunque no podamos “verla”. Y a diferencia del rascacielos, la Cultura cambia constantemente, sin un diseñador ni un arquitecto, sin pruebas, sin nadie al volante.

No existen simulaciones a treinta años vista para una nueva norma social. Cuando se hacen cambios orgánicos de la estructura de la familia o del trabajo, nadie hace un “ensayo clínico” para ver si los resultados serán deseables o terribles.

La transformación cultural es un proceso fascinante y caótico.

Y aquí está el detalle importante en Hanson: el cambio cultural pasa por un cuello de botella. Un puñado de ‘emprendedores culturales’ consigue empaquetar una idea en un eslogan, una historia y un conjunto de gestos que se pueda copiar.

Lo inquietante es cómo se seleccionan esas ideas: no por haber sido comprobadas, sino por ser persuasivas y contagiosas. Cuando vemos los efectos a gran escala, suele ser tarde para hacer ‘post-mortems’ y deshacer el daño.

Pero la pregunta que debemos hacernos es: ¿Las adoptamos porque funcionan? ¿Las adoptamos porque nos hacen más felices? ¿Realmente estos cambios son positivos para la sociedad?

Hoy vamos a analizar la tesis del economista Robin Hanson sobre el cambio cultural en los tiempos modernos. Una tesis que no dice nada positivo de nuestra sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

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